domingo, 24 de febrero de 2013

Un poco de impotencia


           Conozco el parque desde hace muchos años. Recordaba que jamás había visto una mujer así.
            Toda la gente conocía al dibujante del parque, yo, pero eso no me importaba. Yo quería que ella supiera de mi existencia.
Cada tarde, me retiraba con una sonrisa; pintar y dibujar me la producían.




            Una mañana, comprando carboncillos con  el señor Pedro, la vi feliz platicando con un hombre a unos metros. Portaba buen traje, corbata, zapatos y cinturón con iniciales las LP. Me di cuenta de que él era muy buen candidato. Ella estaba a gusto con él.
Lleno de odio, rabia y coraje, pagué los carboncillos y me dirigí al el parque.
            Llegando al parque, un niño me esperaba con las flores. Las compraba diario para ella. En ese momento le arrebaté las flores, las tiré al suelo y comencé a pisarlas. Solo así tranquilicé mi coraje. Después se las pagué al niño y me arrepentí de haberles hecho eso. Nunca pensé en llevárselas al panteón y ponerlas en la tumba de mi madre y padre.
            Cuando ella llegó al parque, lo primero que pinté fue un corazón  roto. Al paso de unas horas, comencé a mirarla nuevamente. Sabía que no podía dejar de admirarla por más enojado que estuviera.
            Posteriormente, me percaté de que no podría enamorarla jamás. Mis ánimos se extinguieron. Comencé a dibujar y pintar imágenes nuevas, y  cosas llenas de color negro y rojo, representando sangre y obscuridad.
            Pronto me levanté. Comencé a llorar. Y en segundos solté un puñetazo al caballete y tiré el cuadro que había pintado. Salí corriendo. Parecía caballo desbocado. Tendría que haber corrido varios kilómetros, hasta el otro lado del municipio.  Después de tanto correr, estaba muy cansado y me detuve. Observé alrededor. Me di cuenta de que nunca había estado ahí. Me sentí mal.

             Ella esperaba unas flores como cada día. Yo solo buscaba el pretexto para huir, pero no pude encontrarlo. Solo me sentí decepcionado de mí. Estaba dolido.
No quería vivir en ese instante. Lo único que recordaba eran las iniciales de aquel tipo. Mi potencial se esfumaba cada vez más. No podía imaginar que ella estuviera con otro hombre.
            Esa noche dormí con dos gatos y un perro abandonados. No sé si yo era el que sentía lástima por ellos o ellos por mí. Simplemente dormí. No cabe duda que había perdido mi trabajo, mis ánimos, mis amigos, mi parque y también a ella.
            Prometí que jamás volvería a sentir amor o cariño por alguien. Me resigné y me propuse llevar una nueva vida en aquel barrio bajo, dándole hogar a esos dos gatos y a ese perro.

domingo, 17 de febrero de 2013

Admirador secreto




¿A cuántos no les ha pasado? Tratar de hablarle a otra persona y por temor no hacerlo. ¡Imaginen!, está situación siendo un mudo.




         Dentro del parque, donde: los niños juegan y corren, las familias conviven entre sí, los perros juguetean, los pajarillos vuelan y la brisa del aire golpea los rostros de las personas.
Aquí, es donde diario me dedico a contemplar el paisaje y la alegría de cada persona, para después poder plasmarla en un dibujo.
Mis padres alguna vez me dieron estudio, hicieron todo lo posible, para que pudiera llevar una vida normal.

         Es complicado que la gente te entienda sin poder hablar. Acostumbrado a esto. Lo único que puedo hacer mejor es observar. Entonces, fue cuando observé a esa dama.
Su mirada me cautivo, era tan profunda y linda, tan seductora y muy radiante. A pesar de la distancia que existía entre ella y yo, juraría que vi sus ojos color aceitunado. Fue extraordinario. Sentí que mi pecho estallaba. Sin embargo era raro, ¡imaginen!, el tirar de los caballos de una carrosa, pues así sentía el pecho.
Deje hasta de dibujar por admirarla. Mi pecho saltaba y se dirigía a ella sin haber repulsión alguna.

            Desde entonces no pude olvidar ese domingo 13 de marzo.
Y así pasaron todos los domingos, desde marzo hasta abril. Cinco domingos para ser más exactos, los cuales han sido inolvidables hasta hoy en día.

           Contemplaba su belleza cada fin de semana, y entre más la admiraba,  más me hipnotizaba. Para mi simplemente paso a ser una especie de diosa.

            Un día miércoles, como cualquier otro. Le vi llorando en el quiosco del parque. Quise ir corriendo y preguntar:
            — ¿Quién le había hecho llorar?  pero fue cuando recordé que no podía.
            Entonces solo me quedé dibujándola. Cada lagrima que derramaba, yo daba un borrón y dos trazos.
           Tanta tristeza salía de ella que preferí comprar unas flores y mandárselas. Al principio quise llevarlas yo, pero recordé que no podría hablar. Así que preferí mandar a un adorable infante, que por cierto me estafo pidiéndome una propina. Cuando las recibió, me escondí.

Al menos la distraje un momento y dejo de llorar, pronto comenzó a sonreír.  Me sentí contento, pues prácticamente logré que dejara de llorar. 
La sonrisa, fue por la cara del infante al tratar de señalarme y no encontrarme.

         Pronto lo de las flores se me hizo un hábito, al igual que mandarle uno que otro dibujo.
Entre flores, dibujos y la propina de los infantes. Comencé a sentir algo más grande.
Supe que le intrigaba saber quién era el de las flores y dibujos.
Me convertí en su admirador secreto.