domingo, 17 de febrero de 2013

Admirador secreto




¿A cuántos no les ha pasado? Tratar de hablarle a otra persona y por temor no hacerlo. ¡Imaginen!, está situación siendo un mudo.




         Dentro del parque, donde: los niños juegan y corren, las familias conviven entre sí, los perros juguetean, los pajarillos vuelan y la brisa del aire golpea los rostros de las personas.
Aquí, es donde diario me dedico a contemplar el paisaje y la alegría de cada persona, para después poder plasmarla en un dibujo.
Mis padres alguna vez me dieron estudio, hicieron todo lo posible, para que pudiera llevar una vida normal.

         Es complicado que la gente te entienda sin poder hablar. Acostumbrado a esto. Lo único que puedo hacer mejor es observar. Entonces, fue cuando observé a esa dama.
Su mirada me cautivo, era tan profunda y linda, tan seductora y muy radiante. A pesar de la distancia que existía entre ella y yo, juraría que vi sus ojos color aceitunado. Fue extraordinario. Sentí que mi pecho estallaba. Sin embargo era raro, ¡imaginen!, el tirar de los caballos de una carrosa, pues así sentía el pecho.
Deje hasta de dibujar por admirarla. Mi pecho saltaba y se dirigía a ella sin haber repulsión alguna.

            Desde entonces no pude olvidar ese domingo 13 de marzo.
Y así pasaron todos los domingos, desde marzo hasta abril. Cinco domingos para ser más exactos, los cuales han sido inolvidables hasta hoy en día.

           Contemplaba su belleza cada fin de semana, y entre más la admiraba,  más me hipnotizaba. Para mi simplemente paso a ser una especie de diosa.

            Un día miércoles, como cualquier otro. Le vi llorando en el quiosco del parque. Quise ir corriendo y preguntar:
            — ¿Quién le había hecho llorar?  pero fue cuando recordé que no podía.
            Entonces solo me quedé dibujándola. Cada lagrima que derramaba, yo daba un borrón y dos trazos.
           Tanta tristeza salía de ella que preferí comprar unas flores y mandárselas. Al principio quise llevarlas yo, pero recordé que no podría hablar. Así que preferí mandar a un adorable infante, que por cierto me estafo pidiéndome una propina. Cuando las recibió, me escondí.

Al menos la distraje un momento y dejo de llorar, pronto comenzó a sonreír.  Me sentí contento, pues prácticamente logré que dejara de llorar. 
La sonrisa, fue por la cara del infante al tratar de señalarme y no encontrarme.

         Pronto lo de las flores se me hizo un hábito, al igual que mandarle uno que otro dibujo.
Entre flores, dibujos y la propina de los infantes. Comencé a sentir algo más grande.
Supe que le intrigaba saber quién era el de las flores y dibujos.
Me convertí en su admirador secreto.

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