domingo, 17 de marzo de 2013

La mano de un amigo

Comenzó la función. Mis nervios estaban al borde. Detrás del telón, miré hacia el público. ¡Oh! Ahí estaba Amalia. En ese momento mi corazón comenzó a latir tan fuerte que parecían tambores. Comencé a sudar. El maquillaje se me había corrido. Regresé a mi camerino a retocarlo. ¿Qué me estaba pasando? Los nervios me traicionaban. Terminaba y empezaba un episodio. Se acercaba cada vez más el mío.

Prendí mi aparato. Escuché la presentación de mi acto. Tembloroso entré al escenario. Inicié y, sonaba la música de fondo. Toda la gente prestaba mucha atención a mis movimientos. El arte había cobrado vida.
Afortunadamente la rutina fue un éxito. Amalia parecía contenta. Comencé a emocionarme. Todos me recibieron y despidieron con una ovación.
Salí de la carpa, dirigiéndome a mi camerino. Ahí, se presentó Amalia frente a mí, y me felicito efusivamente por mi actuación. No pude articular palabra alguna ni mucho menos inclinarme como agradecimiento. Lleno de impotencia me di la vuelta y salí corriendo del camerino. Entre tanta gente solo buscaba esconderme.


Diego, el más pequeño de los payasos, se dio cuenta de lo que había ocurrido. Amalia, impresionada de mi acción, le preguntó: ¿Por qué huyó de mí?

Diego comenzó a explicarle mi situación. Le dijo de los dibujos, de las flores y de lo que yo sentía por ella. Amalia sonrió y comenzó a cuestionarlo más sobre mí. Él amablemente le dijo la buena persona que soy, el buen pintor, y actualmente uno de los mejores mimos. También le dijo de mi problema del habla. Ella se decepcionó al saberlo, pero él la convenció de que valía la pena hacer el intento. Después de ver todos los blocks y dibujos de ella en mi camerino,  ella aceptó luchar y comenzar algo conmigo.
Diego, entusiasmado, fue a buscarme. Siempre que me ocurría algo, yo corría a la jaula de los tigres. Me explicó lo de Amalia y pronto me alegré. 


Regresé al camerino y antes de que Amalia dijera algo, comencé a realizar un episodio para ella sola. Al término del acto pude inclinarme y dar las gracias como siempre lo hacía. 

Tratamos de comunicarnos, pero mi falta de habla no ayudaba mucho. Así, ella propuso hablar mientras que yo solo escribía. Se interesó mucho en mis dibujos y pinturas. Me propuso iniciar una relación de amistad y, si funcionaba, podríamos pasar a algo amoroso.  Así inicié mi trato con ella.
Estoy en deuda con el pequeño Diego.


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